La Primera Pieza.

La recuerdo bien, como olvidarme de ella. Con sus deslumbrantes caderas contoneantes, el larguísimo cabello rubio, la blanca piel casi traslúcida, esas enardecidas y temerarias mejillas que en compañia de sus largas pestañas abrían las mismísimas puertas al infierno. 
Pero no fueron ninguno de estos exquisitos atractivos los que llamo mi atención. 
Fueron sus manos, sus uñas exactamente de un color azul esmeralda, tú mi pequeña amiga, pensarás que soy un loco fetichista al tener a tal majestuosa mujer y embelesarme de sus uñas.
Pero en ese entonces no me consideraba un fetichista, tal vez un loco sí. Pero fueron sus uñas de azul esmeralda las que dieron pauta a mi obsesión con ella, ese azul esmeralda que reposaba sobre las lánguidas falanges que se encontraba también en el color de sus ojos. Ese color se volvió una ligera obsesión, tal vez no tan ligera como lo designa la palabra, sin embargo la veía en el cereal, en los boletos de lotería, en los vestidos de escaparate. 
Ese sí que era un bello vestido, y yo sólo pensaba en la delicada rubia con la tela sobre ella, entonces entré a la tienda compré el vestido en la talla que mi conciencia pensó seria y me di a la tarea de investigar la dirección de la rubia uñas de esmeralda para darle el vestido. Una buena noche en el mismo bar donde la había visto por primera vez, me la volví a encontrar, llevaba una blusa plateada que mostraba la curva de sus bien formados pechos, humedecí mis labios -ummmm- se veía apetitosa. La falda negra se le pegaba al trasero y los tacones daban la ilusión de que tenía unas piernas más largas, aún llevaba ese Azul Esmeralda en las uñas hermosas, se veía más radiante, más espectacular, más deliciosa. 
Cuando dieron las 4am la rubia, que pronto investigué, se llamaba Silvana Lizardi, salió directo a tomar un taxi, y yo la seguí en mi pequeño y discreto auto negro, vivía en un edificio de color naranja con la pintura deslavada que no había vigilante, así que me estacioné enfrente y vi la luz del cuarto piso, lado derecho encenderse, ahora sabía dónde vivía. 
Al día siguiente le pagué a un pequeño niño para que fuera a dejar el paquete a la puerta de Silvana Lizardi con una nota que decía: “Juro que cuando vi este vestido en el maniquí lo único que pude pensar fue en cómo se vería en tu bellísima silueta, es para ti hermosa sirena. Atentamente: Tu amante secreto. P.D: si deseas conocerme te espero en el Bar de la gran avenida y calle real. El próximo sábado a las 11pm” Después de eso, compre un traje caro, negro con las solapas y el cuello de un negro mate y una camisa del mismo azul, peiné mi cabello como los caballeros victorianos, llegué a las 10:30 y elegí una mesa cerca de la barra. 
Once en punto la vi cruzar la puerta del bar, enfundada en el vestido, con los caireles rubios bajándole por los pechos. Era una musa, una sirena, la más hermosa pintura, el más delicado de los poemas, su estructura ósea la figuraba a un ángel. Un bellísimo ángel. Tomé fuerzas y me levanté. Le regalé una sonrisa y sus labios carmín me regresaron el acto, sus piernas longitudinales avanzaron a paso preciso y coqueto en sus finos tacones Beige y cuando estuvo frente a mi, soñé con abalanzarme sobre ella y comerla, devorarla ahí mismo.
-Hola - recitó como un solemne himno.
-Ho… Hola - respondí entrecortadamente.
-¿te gusta?- preguntó dando una vuelta sobre su propio eje y dejándome ver su perfecta figura.
-Sigo pensando que se te ve más hermoso a ti que al maniquí- Sonrió y fue como el mismísimo canto de los ángeles, sentí como poco a poco me elevaba del piso y flotaba con dirección al cielo
-Eres un lindo, gracias por el halago.- La noche paso rápida, y en menos de lo que me di cuenta estábamos arriba de mi auto con camino a mi departamento. Cuando abrí la puerta, se me abalanzó en un beso salvaje y temerario, me tomó del cabello y tiró de él inhumanamente. 
La empujé a la cama y cayó sobre ella con una mirada picara.
-Ahora te acuestas en la cama y metes las manos en las esposas.-
-Huy… Me gusta que jueguen rudo conmigo- Obedeció y metió las manos en las esposas, y fue en ese momento en que me percate de sus uñas, sus uñas no eran azules. Sus uñas ya no eran azul esmeralda.
Había estado tan embelesado por como el color se fundía por su entera piel que no me percate de sus manos. Ahora has de saber que era un novato, no había hecho eso nunca, así que pequeña amiga no juzgue muy severamente los errores que encuentre en esta parte del relato porque aún a mí me provoca un poco de gracia lo inexperto que era. Pero prosigamos.
-Esto no estaba bien, no debía ser así… ¡Lo arruinaste! ¿Qué hiciste? ¿Por que tus uñas no son azules? ¡¿Que hiciste?!- La última pregunta prácticamente se la grite.
-Cálmate… Solo las pinté de rojo, para que luzcan mejor mientras recorro tu espalda- Ella no entendía, seguía con su estúpido juego de seducción, dando sonrisitas y meneando los pechos. Era una puta. Ahora todo tenia sentido.
-No debiste cambiar el color de tus uñas, fue una mala decisión.-
-¿Por qué lo dices? Ese color ni siquiera me gusta, yo creo que el rojo se me ve mejor.- dijo mirando sus manos en las esposas -Si me trajiste aquí a platicar y no para tener sexo, entonces por lo menos déjame sacar las manos de las esposas.-
-No, ahora estás perdida ¡eres mía! ¡Debiste preguntarme antes si podías cambiar el color de tus uñas!-
-¡sueltame maldito loco! ¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡Ayuda!- Comenzó a gritar y fue ahí cuando mi locura se disparó.
-¡Cállate!- le grité y acto siguiente le di una bofetada que le partió el labio y comenzó a sangrar, algunas gotas cayeron sobre el inmaculado vestido azul esmeralda y enloquecí… 
Era lo único hermoso que quedaba de ella, lo único valioso. Y ahora, había arruinado el vestido también.
Jalé el cabello de mis sienes y di un grito fuerte, la odiaba. La estúpida lo había arruinado. Me dirigí a la cocina y saqué los cuchillos, los afilé lentamente, tomándome el tiempo y la satisfacción. Por si no lo sabía mi pequeña amiga, antes de ser un asesino, y también mientras lo era, tenia el puesto de Chef primero en el restaurante Francés de la primera y quinta. De ahí mi habilidad de cortar a la perfección y bueno, como ya lo has de saber todo lo que restaba del cuerpo era fileteado y llevado a al restaurante por mí para preparar. Me dieron más cargos por eso, pero mis comensales nunca se quejaron por la tierna carne que se les servía. Yo les di una buena comida y ellos me incriminan. Injusticias de la vida ¿No lo crees? 
Después de haber afilado cuidadosamente mis cuchillos proseguí a mostrárselos, la cara de Silvana Lizardi se descompuso en un gesto completamente de terror y desesperación, sabía lo que pasaría con ella. Comenzó a gritar desesperadamente y yo en un impulso le puse cinta plateada en los labios, ya después la práctica y la investigación me enseñaron que no era lo mejor, pues a la hora de retirar la cinta, la piel quedaba herida y perdía un poco del delicioso sabor. Pero como lo he dicho, era solo un pequeño niño descubriendo un nuevo juego, yo estaba tan asustado como Silvana Lizardi. 
Ella comenzó a retorcerse y mientras lo hacía lastimaba la piel de sus manos y eso me enfurecía, pataleaba como una loca entonces amarré sus piernas a la cama también y proseguí a cortar mi primer par de manos, preciosas y delicadas manos, tan suaves… Tu primer trofeo no se olvida, es la apertura de tu nuevo mundo, tu bienvenida y recordatorio de lo que haces. Traté de cortar las manos delicadamente para no dañar mucho su perfecta forma, pero Silvana Lizardi parecía obstinada en retorcerse, entonces decidí cortarle la yugular y dejarla que se desangrara hasta la inconsciencia. 
Debo agregar pequeña amiga que este fue mi segundo homicidio más sangriento, pero no fue porque así quisiera, no me gustaba hacer sufrir a mis víctimas, pero era un inexperto la bella Silvana Lizardi como lo he dicho fue mi primer víctima y merecía algo más elaborado y preciso que una simple rajada en la garganta con una cubeta bajo su cuello que guardara su sangre. Ella no fue como la estúpida Elizabeth Cazares, que ha sido la única a la que he torturado hasta el cansancio por que la muy maldita usaba uñas postizas ¿Tú lo crees eso posible? ¡Una aberración inaceptable! Pero esa es otra historia. 
Mientras la bella Silvana Lizardi se desangraba leí un poco. He de decirte que Georges Bataille es mi escritor favorito, es único he incomparable, podría decir que varias veces me inspiré en él. Ya cuando estuvo totalmente desangrada proseguí a cortar sus manos, estaban un poco sucias de sangre, las solté de las esposas, y talle suave la marca que le habían dejado, ya no había pulso, solo un recipiente vacío, un muy hermoso recipiente. Proseguí a cortarlas, cuidadosamente, no quería dañarlas, puse mi tabla bajo su muñeca y fui cortando delicadamente como se filetea un fino corte. Cuando di con el hueso infligí mas fuerza, hasta que logre cortarlo, era tanta magnificencia la de ver sus manos entre las mías…cuando las tuve en mi poder, las lavé, quité el horroroso rojo que tenían sus uñas y barnicé nuevamente con Azul Esmeralda, le quité el vestido y me quité la camisa para colgarlos en lo que sería mi colección de closet, pegue un papel al gancho y escribí Silvana Lizardi para recordarla siempre, sus manos las metí en una bolsa y guardé en mi congelador, ya tiempo después compré un congelador de paletas para guardar las manos, lo seccioné para poderlas admirar como las bellas obras de arte que son, y el resto del cuerpo lo corté pieza por pieza, lo difícil es quitar el hueso, pero no es imposible, y guardé las piezas de carne finamente cortadas y lavadas. Al día siguiente las llevé al restaurante y mis comensales jamas estuvieron tan felices, yo nunca probé a mis víctimas, no me apetecía pero todas las noches admiraba mi bellísima colección de manos, debo de decir que las de Silvana siempre las admiraba, ese regocijo de la primera vez nadie te lo quita, y más cuando fue tan delicioso y satisfactorio. 
Como debes de saber me encerraron después de que mi casero entrara a mi casa porque pensaba que era un dealer, lo que supongo nunca imaginó fue ver tantas manos femeninas frías como hielos, durante el juicio aumentaron condena por generar canibalismo involuntario en los clientes, pero quién los habría visto saboreándola y adorándola. Yo sólo les di la mejor carne que existe. La de bellas y jóvenes mujeres. 
Ahora mi querida Michelle Lizardi no me resta más que agradecerle por todas las buenas cosas que escribió de mí en esa carta, fue un pequeño rayo de luz en este entierro donde no hay manos femeninas, solo toscas y asquerosas manos de reos insensibles, debo admitir que me sorprendió un poco cuando leí su nombre, ¿Quien iba a decir que la hermana de mi primer víctima seria mi admiradora? Creo que su torcida y perversa maldad la hace más exquisita. Me encantaría, claro, si usted gusta, que cuando responda a mi carta adjunte una foto de sus manos, que estoy más que seguro serán bellísimas, barnícelas de su color favorito, así será más íntimo. Y así, se convertirá en la diosa que admiraré cada noche, cada puesta de sol, cada amanecer, cada que despierte y cada que me acueste. Muchísimas gracias de antemano por escribirme, jamás pensé recibir una carta, los artistas como nosotros que vemos la belleza en las cosas que ya están hechas y lo único que buscamos es preservar y hacerlas nuestras, siempre somos mal vistos. Espero usted tenga más suerte que yo. 
Un fuerte abrazo y mis mas sinceros agradecimientos a usted Michelle Lizardi. 
Atentamente. Salvador “Falanges” Montenegro. 
P.D: debo decir que el apodo nunca me ha gustado. 


Este relato es de auditoria propia pertenece a Karen Astrid Vera Gamboa

Si la hipocresía es una enfermedad mortal entonces sé que alguien morirá esta noche y eres tú, te has convertido en lo que sueles criticar y todavía hablas de ponerme en mi lugar, pregúntate donde estas tú.
― Javier Blake (via me-tome-una-pastilla)
La mejor solución.

-Es que ya no podem…- y me besaba. Esa maldita y desgraciada Laena siempre sabia cuando besarme, justo antes de que le dijera que ya estaba harto me besaba, cuando estaba muy enojado me esperaba con las piernas bien abiertas en el sofa, los días en los que peleábamos compraba lencería de encaje como me gustaba y se ponía tacones altos, con sus piernas longitudinales. Y a mi se me olvidaba todo, me permitía tomar un poco de su droga y llenar mis sentidos de ella, embarrando la cara entre su jardín, lamiendo su delicada flor. Me enloquecía sentir sus manos empujando mi cabeza ordenando fundirme mas con ella. -No puedes evadir nuestros problemas de esta manera Laena, tenemos que hablar.-
-No pretendo dejar que malgastes tu lengua en algo tan corriente como hablar.- y abría las piernas, no llevaba ropa interior bajo la falda de flores, y ella sabia que me enloquecía podía poseerme en ese momento. Ella me hipnotizaba. Me mantenía a base de enojos y sexo. Y buen sexo, del que dura bastante. 
-En algún momento tenemos que resolver estos problemas-pronuncie sin separar la mirada de su entrepierna
-Si, será en otro momento.- entonces se levantaba de nuestro sofá, no traía tacones era ligeramente mas baja que yo, lo suficiente para sentir como se paraba en puntas para alcanzarme los labios, lo suficiente para poderla cargar y azotarla contra la pared, verla girar los ojos y ponerlos en blanco. Por que le encantaba que la pusiera contra la pared. Entonces se acerco a mi, llevaba puesta una ligera falda de holanes en tonos naranja, su falda floreada se levantaba del trasero, me encantaba su trasero, tan grande y frondoso. Usaba una blusa naranja a juego con la falda, tenia los pechos pequeños, el delirio en ella recaía en la curva de su cintura y la montaña de su trasero. Usaba sandalias abiertas, con las uñas pintadas de rojo -Ahora, en lo único que puedo pensar es en ti desnudo, tomándome de la cadera y mostrando quien manda mi amor.- y con esas ultimas palabras susurradas sobre mis labios, húmedas como caricias suaves me beso, Laena me enloquecía. Al momento de intimar se convertía en otra, pasaba de la dulce y vulnerable chica de mirada triste y baja autoestima a la dictadora maldita y complaciente que me hacia escuchar lo que quería y que gritaba mi nombre como dulce agua de oasis, la tome de la cintura fuertemente, se que eso le encantaba. Me lo había dicho. Le encantaba ver como yo la poseía dejando en claro que yo era el jefe y ella debía obedecerme, aun que muchas veces pensaba que todo era parte de la artimaña de Laena para volverme su cordero leal, de igual manera la ponía contra la pared y ella recargaba las manos, sus pechos chocaban contra la fría pared su suave vientre se curvaba y sacaba el trasero, me humedecía los labios y los pasaba dentro de sus bragas, su deliciosa miel ya la impregnaba, entonces descaradamente se bajaba ella sola su ropa interior y me daba camino a poseerla. Y yo lo hacia, varias veces, a veces mas rápido a veces mas profundo y ella contoneaba las caderas provocándome pequeñas punzadas de delicioso placer y gemía, como gata en celo, ronroneaba contra la pared halagos hacia mi, y gritaba mi nombre entre gemidos cortados y a medias. Luego la volteaba, la cargaba y entraba en ella sin pedirle permiso, la escuchaba gritar de placer, sucumbir ante mi o yo ante ella fuera cual fuera el caso se sentía bien. Y pasaban los minutos conmigo enredado en sus piernas y ella ronroneando letanías inexistentes hasta que terminaba y ella caía dormida sobre mi pecho, con su diminuto cuerpo sobre el mío, ligero y audaz tomaba posesión de mi, me dominaba aun dormida yo la contemplaba dormir, su piel suave de canela me enloquecía, sus negros rizos cayendo salvajes por su espalda, hasta que me dormía. Con ella sobre mi y yo bajo de ella. Era mi lugar favorito en el mundo.
Cuando despertaba nunca la encontraba a mi lado, pero llegaba a mi nariz el aroma de huevos frescos, fruta picada y si tenia suerte tocino frito ella sabia como hacerme despertar y llegaba a la habitación con una charola con comida, con ella en bragas y con el mandil de cocinera nada mas ni nada menos. -Entonces mi amor, ¿De que querías hablar?- preguntaba cínica, a sabiendas de que yo no le reclamaría nada mas.
-De nada, vamos a comer.- respondía riendo.
-Pero primero desayunamos.- entonces dulcemente se quitaba el mandil y se montaba sobre mis piernas con los pechos al aire y yo, volvía a olvidar todo el coraje que tenia contra ella. Solo pensaba en lo magnifica que era.

Me da igual que no estés al girarme entre la gente, que no seas mi insomnia o que nunca vuelvas a matar mis monstruos; pero quédate en mis sueños, imántame en ellos para siempre.
― Bostezando sonrisas (via bostezarsonrisas)